Por favor, insisto, créeme.
Tuve ganas de detenerme y agacharme a su lado.
Tuve ganas de decirle: "Lo siento pequeña".
Pero no esta permitido.
No me agaché. No dije nada.
Me quedé mirándola un rato y, cuando se movió, la seguí.
Soltó el libro.
Se arrodilló.
La ladrona de libros se puso a gritar.
***
Es verdad. Ella lo hizo.
Siguió sus pasos.
Pero, ¿acaso no fue él quien comenzó el juego?
Puedo recordarlo. Logró lo que quería con tan sólo una mirada. Logró que diera la vuelta y encontrara el brillo en sus ojos.
Y se marchó. Y parecía que el tiempo detenido en el aire, en la lejanía, sería para siempre. Lo hizo definitivo con esos pasos decididos hacia el camino que se abría más allá.
Estoy segura de que sonrió cuando sintió que ella dio una plegaria detrás suyo. Una plegaria sin palabras. Una plegaria del corazón.
No te vayas. Detente, por favor. ¿Me guías hacia algún lugar encantado?
Pero él no contestó.
Pero sí. Estoy segura. Él tenía la sonrisa pintada en el rostro. Con acuarelas.
Y ella grababa sus pasos entre la alfombra llena de atardecer que crujía en el suelo.
Pasos. Torpes pasos. Cada vez más veloces.
La respiración sonaba a orquesta de ramas de árboles.
¿Y él?
Me haces reír. Claro que no se detuvo.
Qué peculiar forma que tienen las personas para obtener esa extraña satisfacción.
¿Qué?
Es verdad. Él ya no era una persona. Pero lo había sido, créeme.
Calla. Deja de suplicar: "¿y qué sucedió con ella?" ¿Es lo único que puedes decir?
Imagínalo.
Te daré por unos instantes una magnífica vista, la que sólo se puede ver desde un trono dorado sobre una nube nívea.
Una magnífica vista.
Fíjate en aquellos árboles que le piden una contraseña secreta al sol para que sus rayos besen las hojas muertas en otoño.
Ajusta un poco más la vista.
Cubre con tu mirada las cortezas vivas cual largas piernas aferradas al suelo y raíces como dedos agarrotados para sostenerse mejor.
Ajusta el foco.
¡Allí! Justo allí. Detente en eso, no los pierdas de vista.
Sabía que lo dirías. Sabía que al verlo te vendría a la mente la figura de Zeus. Sí... la miel más amarga es la que tiene matices de oro.
¿Y ella? Hermosas mejillas rosadas. Armoniosos latidos haciendo eco entre el silencio.
Él iba unos quince pasos más adelantado.
Ella iba unos quince pasos más atrasada.
Y aunque ella corría, y él parecía ir sin prisa, la princesa de piel encendida casi no podía encontrar su aroma.
¿A tí te motivan esas lágrimas que aparecen en los ojos de tan debil pequeña?
No me sorprende lo tuyo: la debilidad es una plaga.
A mí en cambio me divierte. Y me fascina.
¡Oh maravillosa desesperación!
Ojos ciegos entre la niebla, el tambor del corazón, esa rítmica respiración.
A mí me parece una obra dramática. Vaya, me encantan las obras dramáticas.
¿Escuchas a lo lejos? Se acerca la melodía de un piano apresurado marcando los pasos finales.
No. No dejaré de reír porque me lo pidas. Ya te lo he dicho: todo esto tiene cierta perfección, cierto hechizo del cual no puedo escapar. ¡Y no seas hipócrita! Al menos despega tu mirada de la situación si tanta pena sientes.
El escenario cambia de color. Los muebles de la habitación giran y se convierten en otros. Nueva ambientación.
Sus manos dentro de los bolsillos de su saco. La mirada atornillada al suelo, como si fuese un alfiler manteniendo las hojas clavadas a la tierra.
Casi puedo oler la sonrisa...
Quince pasos. Y ella se detuvo.
A quince pasos. Ella inmóvil.
Himmel.
Cielo.
Lo sintió.
Lo había logrado.
Él se había dado por vencido y sería suyo.
Intentó calmar su respiración. Un vano intento.
Un paso tímido. Una mano extendida avergonzada.
¿Apuestas? ¿Crees que él dejará que ella sienta su piel?
Eres ingenuo. Tanto como ella.
Un rápido movimiento.
Un rayo fugaz.
Tomó su mano en el aire.
El movimiento duró lo que dura un intento de pestañeo.
Sus labios sobre los suyos.
Su mano conteniendo en el aire la suya.
Una serpiente cuando ataca. Tan rápido como eso.
Y la ponzoña se robó el aire.
Un intercambio.
Un beso.
La agonía eterna.
Cayó como una daga de metal ardiente.
Mira su sonrisa.
Mira su paso satisfecho hacia otro lugar del bosque.
¿Quieres saber un secreto?
Me fascina aún más esta escena. Verla en el piso, agonizante. Agonizante y sola.
¿Por qué no cayeron sus párpados?
¿Por qué se empeñan en ver cuando ya no queda más nada por contemplar?
Él se fue, y ella jamás sería algo sin él.
Justo.
No necesitas ver.
Su mano pisando el ala de una hoja ansiosa por volar.
Sus cabellos intentando huír al cielo.
El eco de su respiración recién llegaba a aquél escenario.
Ensordecedores latidos mudos.
Y sus mejillas.
Sus adorables mejillas.
Grises como la ceniza.
Sí, lo sé, siempre te gustó la extraña fábula del Ave Fénix.
¿Sabes qué?
Hay un solo ser en la tierra que es capaz de renacer una y otra y otra y otra vez.
Quien tiene la llave tiene la entrada y la salida asegurada, ¿verdad?
Sólo yo puedo renacer.
Sabía que lo preguntarías. Todos quieren saber la fórmula, y aunque no lo creas, con esas lágrimas llenas de emoción por tal triste historia, lograste conmoverme.
Te lo diré.
Pero no se lo cuentes a nadie.
La primavera es una bella ninfa que toma los pichones de colibrí entre sus manos y con un suspiro y un rápido movimiento, lanza a los pajarillos a un vuelo eterno hacia el cielo.
Cada vez que ellos tocan el cielo con las manos, yo me enciendo entre sus cenizas.
27 de mayo de 2010
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