
Despertar aquella mañana no fue más que una revelación.
La luz, que como una intrusa que detesta pasar desapercibida, entraba por la ventana dando la bienvenida a un mundo viejo a sus ojos.
«Un día más»
Y aunque sus palabras se escucharan llenas de esperanzas, su mirada no hizo más que contrariarlas.
¿Qué fue de aquella mañana? ¿Por qué una revelación?
La tristeza de seguir en su cama fría, esperando que la vida -o la muerte- se le acercase con cautela y rozara sus labios como con vergüenza o miedo a despertarla, hicieron que llegara al punto máximo de la locura.
Y entonces, supo que la ponzoña no endulzaría sus labios como suave miel. Y entonces, supo que no había más nada por hacer. Y entonces, así como si se tratase de un castigo, cerró su boca y no quiso permitir que el oxígeno que se acumulaba en su cuerpo vibrase en el aire.
La receta del alquimista.
El polvo púrpura soplado en el aire.
El oxígeno se llenó de manchas.
La ponzoña oscuramente inmaculada.
Aquella mañana hubo una revelación.
Si ella no se iba aquel día, quedaría presa por siempre en el tiempo, en esa cama, esperando algo que jamás llegaría.
El oxígeno volviéndose ponzoña.
El oxígeno propio envenenando las venas.
La locura que no hace más que enloquecer, fue lo único que la mantuvo en calma. Sólo arrugó las sábanas clavando sus uñas en ellas.
El castigo. No debía, no podía, no merecía respirar.
Una revelación.
Sabía que debía marcharse y cumplir con su cometido.
Se miró a sí misma. La misma expresión llena de paz y de locura en el mismo matiz.
Una diferencia.
Su melodiosa respiración se detuvo para esperar los aplausos que jamás podrían llegar a ella.
Acarició el lienzo de la cortina.
Miró hacia adelante.
Qué bella se veía París a los ojos de un ave.
Qué bello día para volar...

Deep...
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